No es solo el Irazú, es todo lo que representa

Hace cinco años inicié una meta personal: conocer los puntos más altos de distintos lugares del mundo. Empecé en mi país, conociendo el Huascarán, y con el tiempo ese camino me llevó también al Everest en Nepal, al Doi Inthanon en Tailandia, al Ben Nevis en Reino Unido y, ahora, al volcán más alto de Costa Rica: el Irazú.

Pero no se trata solo de visitar un lugar. Para mí, es conocer su historia, entender la ruta, conectar con su gente y recorrerlo con respeto, ya sea un desafío sencillo o uno más exigente. Es también un impulso para mantener un estilo de vida que me permita seguir descubriendo estos espacios y dedicar tiempo a conocerlos de verdad.

No siempre he podido hacerlo así en todos los países que he visitado, pero es un proyecto personal que cada vez cobra más sentido para mí.

Entre 1963 y 1965, el volcán Irazú tuvo una de sus erupciones más intensas. Durante meses lanzó ceniza de forma constante que llegó hasta el Valle Central, incluyendo San José. La ciudad amanecía cubierta de polvo volcánico, afectando la vida diaria, la agricultura y la infraestructura. En las zonas cercanas, los impactos fueron aún mayores, con avalanchas de material volcánico y pérdidas económicas. Incluso estructuras que existían en la zona, como instalaciones de telecomunicaciones, quedaron abandonadas con el tiempo por el riesgo que representaba la actividad del volcán. Hoy el paisaje se ve tranquilo, pero cuando conoces esa historia, lo ves distinto.

Subir el volcán Irazú, el punto más alto de Costa Rica con 3432 msnm, fue una experiencia que nació de algo muy simple. Todo inició cuando le conté a un compañero del trabajo que tengo una meta personal de conocer los lugares más altos de los diferentes países que conozco. A partir de ahí, se convirtió en un plan que fuimos organizando hasta ejecutarlo.

Lo que más valoro de este tipo de experiencias es que no se trata solo de llegar a la cima. Es todo el proceso. Empezó incluso antes de subir, con un desayuno típico de Costa Rica que te conecta con el lugar desde lo cotidiano. Luego, ya en la ruta, el Irazú es accesible y apto para todos, pero aun así es un lugar que tiene historia y eso hace que lo vivas de manera diferente.

Entender dónde estás, saber lo que pasó ahí y lo que significó para el país hace que lo valores más y lo recorras de otra forma.

El camino de regreso también fue parte de la experiencia. Paramos a comer comida típica de la zona, algo sencillo pero que te permite seguir conectando con el lugar más allá de la vista. Porque al final no se trata solo del punto más alto, sino de todo lo que rodea el viaje.

Un lugar súper recomendado para cuando anden por Costa Rica.

 

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